¡Carlos, no me dejes!
La otra noche, sobre la 1 de la madrugada, escuché a una mujer que gritaba a todo pulmón: -¡Por favor, auxilio!-. Abrí los ojos y pensé lo peor. Salté de la cama y me asomé a la ventana, en ese momento vi, como en las caricaturas, que se encendían las luces de los apartamentos alrededor del sitio donde se suscitaba la escena: una chica se había arrojado al suelo frente a una camioneta gritando como si se le fuera la vida: “¡Carlos, no me dejes, por favor, mi vida, perdóname!”.
Lo que siguió fue una escena entre telenovela y exorcismo emocional: gritos, súplicas, insultos, golpes, rodillas en el piso. El joven, se bajó del coche sin decir una palabra. Se sentó en una banca mientras ella se dejaba caer de bruces frente a él como peregrina en penitencia, pidiéndole perdón después de haberle propinado tres bofetadas con la misma mano que le imploraba amor.
Aunque me impactó sobremanera la situación, no me asombra, porque en el fondo, con menor o mayor intensidad todos hemos caído en una suplica desesperada por reparar un vínculo que se ha roto, porque cuando perdemos una relación significativa, sobre todo si dependemos emocionalmente del otro, nos desorganizamos. Nos sentimos vacíos.
Yo sé, el tono de este blog suele ser irónico y a veces divertido, pero esta escena me toca el corazón y me acerca más al dolor humano sobre ese sentimiento de abandono y desintegración. Ese en el que hemos caído todos, aunque no sea con esta exacerbación, cuando hemos terminado una relación significativa. Me pregunté que sucedió allí, dentro de los personajes principales, en esa suplica de perdón convertido en un performance emocional.
¿Por qué grita de esa manera alguien que pide perdón? Ojo, no me interesa escudriñar lo que hizo esa chica, sino lo intrínseco que ese doloroso grito revela. Suele pasar que cuando pedimos a alguien que nos perdone, por las razones que sea, llevamos a cabo un acto íntimo y reparador que nos conecta con la conciencia de haber hecho daño. Esta explosión de emociones generada desde una situación que rompe, no busca reparar, quiere sostener algo que se está derrumbando por dentro. En esa escena, el grito no iba dirigido a Carlos, era un lamento contra el abandono, contra la pérdida, contra el vacío. La súplica desesperada no es amor, es identidad amenazada. Es una persona diciendo: -si tú te vas, no sé quién soy yo-.
Cruzarle la cara a alguien tres veces y al mismo tiempo rogarle que no se vaya tampoco es incoherente, la psique está rota tratando de contener lo incontenible: culpa, rabia, dependencia, vergüenza. Cuando se está allí no se puede distinguir entre entre el dolor por lo hecho y dolor por lo que va a perderse. No hay filtro. Solo desborde.
Es entendible que Carlos no haya dicho nada. No se fue, no la abrazó, no la empujó, ni siquiera le contestó algo. Solo se quedó allí, pasmado, con la mirada perdida y sin poder moverse. Aunque a simple vista parezca templanza, quedarse en medio del huracán, sin moverse es un mecanismo de supervivencia y otra forma de disociación. Otra manera de no saber qué hacer con el amor que está doliendo. Porque a veces el que se queda tampoco tiene claridad. Los vínculos que uno va estableciendo no pueden cortarse con tijeras, sino con tiempo, reflexión y cuidado emocional, y eso puede doler más que los golpes.
Esa escena me conmovió, pero también me la agarré de “chunga” porque yo y todos nosotros hemos estado allí, quizás no literalmente, es decir, no tirados en la calle, pero sí al borde del colapso emocional. Suplicando por dentro. Queriendo volver a un momento en el que las cosas no estaban rotas. Queriendo que el otro nos perdone para no tener que perdonarnos a nosotros mismos. Una situación así es tan dolorosa que a veces no podemos más que reírnos de nuestra vulnerabilidad para no llorar por lo lamentables que llegamos a ser.
“Carlos, no me dejes” no es solo una frase desesperada. Es un eco que podemos reconocer dentro de nosotros en otras situaciones similares. Nos refleja lo que queda en nuestro interior cuando el otro se va y se lleva una parte que nunca dimensionamos que era prestada. También puede ser un llamado a darnos cuenta que cada instante es único y que no podemos borrar ni deshacer lo que vamos haciendo.


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