Dra. Jekyll and Mrs. Lucía.

 


Me pasa, y podría jurar que a todos, que ahora tengo mis redes sociales llenas de posts de personas que han cambiado de personalidad y ahora se erigen como los gurús espirituales que el mundo estaba esperando. A algunas de esas personas las conocí en otro ámbito y me resulta difícil creer que han podido hacer un cambio de vida diametralmente opuesto. Máxime cuando vuelvo a tener contacto con ellas y descubro que quizás la forma es diferente, pero el fondo es el mismo; es decir, no dejan de ser quienes eran.

Eso me ha llevado a preguntarme sobre mí misma. Casi todos los que me leen saben que escribo un blog acerca de un bonito taller que me he inventado para no destripar a todos los que se me acercan en momentos de furia. Aunque es muy probable que a nadie le importe, pero a mí sí, no dejo de preguntarme si no tengo un trastorno de personalidad. Porque debo confesarles que mi vida, desde hace muchos años, coquetea con otra persona: esa que se levanta temprano, enciende incienso, medita, hace yoga, desayuna semillas, toma té y respira profundo repitiendo su mantra: "propósito y equilibrio".

Pero no puedo evitar, muchas veces, ser yo. La que se arrastra en la mañana hasta la cafetera, cuestionando todo, incluido el propósito y el mantra. Durante años he tratado de reconciliar a estas dos señoras que cohabitan mi cuerpo. Una desea con todo su corazón vivir según las filosofías orientales  y dejar de criticar todo, lo que a su parecer es absolutamente ridículo, y no tocar el claxon ni insultar a nadie en el tráfico. Y la otra, la otra sospecha que esa filiación es un invento bonito para no tirarse por la ventana.

A la Dra. Jekyll le encanta hacer mapas de vida. Cree en los ciclos, en la introspección, en el autoconocimiento como camino sagrado e incluso ha llenado los espejos de post-its de colores con palabras que dan paz: coherencia, vocación, sentido. Y afirmaciones para que el universo las grabe.

Yo, en cambio, mrs. Lucía (otro trastorno de personalidad, ja), creo mayormente que la vida no tiene forma ni lógica. Que no hay camino recto ni brújula que aguante las tormentas. Que hay días donde el único propósito real es no mandar todo al carajo. Y que las buenas intenciones de buscar “la paz mundial” son más una carga que una ayuda, sobre todo cuando ves el escritorio lleno de facturas por pagar.

Me pregunto si las personas que han cambiado mágicamente y ahora son amantes del jugo verde, del croissant de matcha, la cúrcuma y los chips de betabel asado son reales, y si en verdad pueden vivir completa y plenamente con la filosofía de que todo tiene sentido.
Estoy un poco harta de las alergias al gluten y la cantidad de tonterías que se inventan para simular una personalidad, y también un poco de este cinismo que me muerde los talones cada vez que intento creer en todo eso. Es muy probable que eso haya dado origen a mi taller, como una salida para no dejarle a Hyde todos mis bienes. Para que al menos una de nosotras tenga algo con propósito que hacer mientras la otra maquina cómo quemar el desayuno. Y también quizá por eso escribo esto.

Les pregunto a ustedes, a los que me leen y puede resultarles gracioso o incluso lamentable: ¿Soy la única que se pregunta esto? No lo creo. Pienso que invariablemente hay una parte de Jekyll y Hyde en cada uno y es muy probable que nuestra supuesta locura es solo una forma más de transitar este camino sinuoso llamado vida. ¿No lo creen? Y si no… tampoco importa.


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