No soy un robot, soy una nuez
Por Lucía Soria
Mi madre decía, tienes entrada de caballo bueno y salida de burro viejo y puede parecer porque lo que pintaba para ser un lugar para escribir frecuentemente de pronto deja de serlo, pero en estos días me he convertido en una nuez, cerrada y acurrucada en mi. He leído un poco y reflexionado sobre ciertas cosas que a nadie le importan, pero a mi si.
Justo estoy leyendo un texto titulado No soy un robot, que en la entrada hace referencia en esa herramienta de las páginas web que verifica que quien interactúa no es un bot. Y, siguiendo los pensamientos del autor y del cual me robé un par de frases que están entrecomilladas para que se identifique que son del maestro Villoro, voy reflexionando de su mano en cuánto nos hemos automatizado. Seguimos el rumbo de la cotidianidad, "sumergidos en la enajenación" del trabajo, cumpliendo con necesidades que alguien más definió, sin detenernos a reflexionar si son genuinas o simples ilusiones.
Extraño el mundo de la poesía y las ideas. En los últimos años, me he dejado arrastrar por el status, el consumo de cosas innecesarias y, sobre todo, de información. Me he integrado, casi sin darme cuenta, a esa "fábrica de zombies" obsesionados con el autocuidado, el bienestar, las metas profesionales y los "bienes imaginarios". Aunque no estuvo mal y no lo critico para nada, yo, en esta carrera por la realización, perdí algo esencial: el tiempo para detenerme, pensar y sentir, si lo quiero decir más sencillo: me desconecté de mi.
La frase No soy un robot me hizo reflexionar sobre el uso del tiempo en actividades vacías, mecánicas y repetitivas. Ese ritmo sin sentido nos convierte en cáscaras vacías, como estepicursores, plantas rodantes, que al desprenderse de sus raíces, pierden el rumbo y se dejan llevar por el viento.
Sin necesidad de seleccionar imágenes para demostrar que no soy un robot, afirmo que soy una nuez. Mi cáscara, aunque dura y protectora, también me aísla y me regala oscuridad, un espacio necesario para germinar de nuevo. Hoy, en ese refugio, comienzo a reencontrarme con las preguntas y sueños que una vez llenaron mi vida de sentido.
Dejando de sentirme culpable porque a mi me enseñaron a que debemos trabajar arduamente y todos los días desde que Dios amanece hasta que anochece, me estoy regalando días que no tienen que justificar nada, ni activos emocionales ni monetarios, para leer, pensar y dedicarme a actividades que no persigan un propósito tangible: fotografiar plantas, caminar descalza sobre el pasto húmedo, respirar el aire perfumado de coníferas.
Puede sonar a lugar común, tal vez lo es. Pero en este tiempo de ruido constante, regresar a lo esencial se siente como el acto más radical y necesario. Hoy, como una nuez que se prepara para brotar, elijo el silencio y la introspección sobre el ruido de lo impuesto. No significa que no haga cosas cotidianas, solo estoy tratando de hacer cosas que sumen a mi vida y parar de hacer por hacer.
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