El mendigo Whatsapp y la comunicación inmediata.

 

 por Lucía Soria

Yo crecí en los 80, cuando no podías hablar por teléfono más de cinco minutos porque, además de caro, siempre había alguien esperando su turno. Estaban mi hermano, mis hermanas (cinco para abajo), y mi mamá, que también quería hablar. Si no salías a tiempo de casa para una cita, la gente te esperaba, con suerte, 30 minutos. Si no llegabas, se iban, y al volver a casa te encontrabas un mensaje en la contestadora que decía de todo menos "guapa".

 

Jamás imaginé —porque ni Verne ni Asimov nos dejaron dicho— que llegaríamos a vivir en la inmediatez de la comunicación y podrías hablar a tus anchas y cancelar citas porque no llegas aunque falten cinco minutos y así. Tampoco advirtieron sobre el impacto social o emocional que tendría en nuestra vida diaria. 

 

Esta vida loca que llevamos es un desfile de tonterías y fenómenos paranormales que ralentizan todo, como el WhatsApp, donde se ha creado un lenguaje universal que puede impactarnos harto: una palomita significa esperanza; dos palomitas, expectativa; y dos palomitas azules, decepción, aunque también existen los destinatarios cuyas palomitas siempre permanecerán en gris, lo que sea que eso signifique.

 

He llegado a la conclusión de que esto es un sofisticado experimento psicológico diseñado por renombrados científicos para medir cuánto tiempo tardas en perder la cordura y joder tu autoestima cuando te dejan en visto, te contestan algo que ni al caso, o simplemente no contestan, aunque todos vivimos pegados al teléfono las 24 horas del día. Me pregunto qué pasa en ese hoyo negro de la pantalla.

 

También están los misteriosos: esos que desactivan las palomitas azules, como si estuvieran comprando el derecho a ser pasivo-agresivos sin remordimientos. Luego están los artistas del "leí sin abrir", visionarios del mal gusto. Si respondieran con la misma rapidez con la que leen los chismes, este sería otro mundo. Pero no: tú quedas relegado al oscuro abismo del "visto-no-visto".

Y ni hablar de los que tienen la osadía de no contestar el teléfono cuando, después de 20 mensajes en visto, decides llamarlos. Porque claro, se esconden detrás del teléfono. Sabes que han estado conectados —el doble check no miente—, pero prefieren fingir que no existes antes que tener una conversación incómoda. ¿Y devolver la llamada? Ni en sueños! Se quedaron sin batería, es el argumento.

 

Y qué decir de los que no pueden procesar más de una línea de texto. Les mandas algo básico:
"Oye, ¿me puedes ayudar con esto? Porque resulta que necesito tal cosa para mañana, y además…"
Y, a la mitad de la frase, ya entraron en coma. Son especialistas en ignorar lo importante mientras se enfocan en lo irrelevante. Su cerebro parece venir con un límite de 20 caracteres.

 

En fin, WhatsApp es un complot universal contra la salud emocional y la autoestima. Es un zoológico de comportamientos humanos extraños: los que leen y no responden, los que no leen y responden cualquier cosa, los que contestan con audios de cinco minutos porque creen que tienes una hora libre para escucharlos, y los que simplemente se evaporan en el éter digital.

 


Así que, si estás esperando esa respuesta que nunca llega, respira. La persona del otro lado probablemente está ocupada… ocupada ignorándote mientras graba un TikTok o escribe un post sobre lo mucho que odia a los usuarios de WhatsApp y la comunicación "inmediata".

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