Al pan, pan y al croissant... matcha ¿neta?
Los franceses lo adoptaron, lo mejoraron (como suelen hacer) y transformaron el kipferl en el croissant: más mantequilla, más hojaldre, más placer. Y así, durante siglos, todo estuvo bien… hasta que alguien decidió que la panadería no podía quedarse quieta y comenzó la era de la chingadera hipster.
Me pregunto por qué ahora un croissant ya no puede ser solo un croissant. Porque no. Tiene que ser de matcha. Si, de matcha o cualquier otra estupidez.
A mí me encantaban los croissants del City Market porque, como buenos españoles, si algo sabían hacer era pan. No tenían más pretensión que cumplir con su función en la vida: ser pan y hacerme feliz. Pero no, alguien decidió que había que subirse a la ola healthy y taruga. Porque lo clásico ya no es suficiente, hay que modernizarnos, reinventarlo todo, aunque no lo necesite. Y así llegó la aberración verde. Ahí estaba, en la canasta donde antes se exhibían mis panes favoritos, un croissant que parecía haber venido de Marte o ser el resultado de un mal experimento.
Una mezcolanza de ideas rimbombantes y huérfanas de criterio atacó la panadería. Porque si el matcha no era suficiente para desmadrarlo todo, le siguieron los de aguacate, cúrcuma, carbón activado y sal del Himalaya. Y, por supuesto, había que cobrarlos como si estuvieran hechos de oro, porque al parecer, si no cuestan el triple y no vienen con una historia ridícula detrás, no valen.
Yo, que soy fan de las historias, la narrativa y las experiencias, aborrezco lo excesivo y ridículo. Así que si alguien encuentra un refugio donde vendan croissants normales, sin polvo verde radioactivo ni pretensiones de superalimento, que me avise. Porque esto ya no es panadería, es un atentado contra la dignidad del gluten.
Disculpen los alérgicos, by the way, los humanos llevamos comiendo trigo desde hace al menos 10,000 años. Ja.



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