Las malas decisiones


Recién escuché una charla en la que se repitió unas treinta veces la frase “malas decisiones”. Al principio, me pareció una expresión agresiva, cargada de encono, que por momentos me sacó de la narrativa de la ponente. Posteriormente me llevo a reflexionar sobre lo que pienso de mis decisiones pasadas, esas que me han hecho ser la persona que soy ahora, hermosa justo por imperfecta, impermanente y a veces voluble e indecisa.

El Wabi-Sabi es un concepto japonés que nos invita a contemplar y acoger con benevolencia la imperfección, la impermanencia y la huella del tiempo. Nada es perfecto, nada es permanente, nada está completamente terminado. Lo que hoy vemos como un error, en otro momento fue una elección hecha con los recursos disponibles: emocionales, económicos, contextuales, incluso pasionales.

Entonces, me pregunté: ¿realmente he tomado malas decisiones?

La respuesta tiene un giro de tuerca. No, solo he tomado decisiones con lo que tenía a mi alcance en ese instante. ¿Eso es malo? No. Simplemente es. Y si lo miramos desde el Wabi-Sabi, cada una de esas decisiones es parte del proceso de transformación, como las grietas en la cerámica reparadas con kintsugi, que en lugar de ocultarse, se resaltan con oro.

A veces las decisiones que vamos tomando en la vida nos juegan en contra, nos duelen o nos pesan, pero también son las que nos han traído hasta aquí, los resultados de ellas se convierten en recursos que nos tranforman. Han sido las piedras que nos ayudaron a cruzar el río y nos ayudan a entender que cada elección también es una pieza en el rompecabezas de nuestra vida. Por eso mirar atrás no es para juzgarnos con dureza, no es tampoco un ejercicio de culpa, ni de tacharnos de tontos, es un trabajo personal de comprensión. Porque esas supuestas “malas decisiones” son parte nuestra evolución, nuestra verdad, nuestra historia.

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