De Libros, Dragones y Rosas
Este post es muy personal, quería seguir abrumando a los que me leen con mi nueva locura por la filosofía oriental, pero me encontré con esto “Hoy los libros susurran secretos en cada rincón. Los dragones, aunque no tienen alas, salen de las páginas a estirar su fuego y su furia. Las rosas cantan versos y huelen a magia. Porque en este día único, rebelde y encantado, el mundo recuerda que las palabras pueden volar, que los dragones pueden amar, y que una rosa puede ser el principio de una historia aún no leída.”
Estas líneas las compartió mi hermana en sus redes porque ella es muy cercana a las tradiciones catalanas. Se refería a la celebración de Sant Jordi, una fecha especial en Cataluña (España) cada 23 de abril, donde es tradición que los hombres regalen una rosa y las mujeres un libro. El dragón aparece en la leyenda de San Jorge, quien mató a un dragón para salvar a una princesa; de la sangre del dragón brotó una rosa. Así, libros, dragones y rosas se entrelazan en esta hermosa tradición.
Yo, que amo los libros, a veces lamento no conocer todas las tradiciones que existen alrededor de ellos. Inspirada por este post y por una publicación que conmemora más de un centenario de la fundación de mi primera escuela —la Facultad de Filosofía y Letras—, me encontré recordando mis primeros pasos por el mundo de las palabras y los libros.
Mi primer libro lo robé. O eso creo recordar. Me cautivó su portada: unas zapatillas rojas de ballet. Pensé que me llevaría a un lugar donde el dolor no me alcanzara, lejos del divorcio de mis padres, lejos del eco de su última discusión que aún resonaba en mis oídos.
Quizá, por eso, debía alejarme de los libros para siempre. Pero, en contra de todo, como me gusta hacer, salté a la única tabla de salvación que encontré en medio de la ruptura: la narrativa.
El primer libro serio que leí fue Cien años de soledad. Luego vinieron Los hermanos Karamazov y muchas otras historias, algunas profundas, otras ligeras. Así me enamoré de la literatura. De joven escribía poesía, hasta que un día, una persona muy cercana a mí —en broma o en serio — me dijo que yo escribía mejor que ella. Y en ese afán de agradar, guardé la pluma. Fue la segunda vez que un dragón mostró sus fauces.
Más tarde, enamorada del busto de Dante que custodiaba mi facultad, decidí estudiar literatura, pero el dragón volvió a aparecer, mostrándome el brillo de sus escamas y desviándome del camino de la escritura. Y aunque la literatura sigue presente en mi vida, como un arrollo que cada día trae agua nueva, el dragón sigue custodiando el castillo de las palabras.
Pero he descubierto que, aunque el dragón muestre su fuego, ese mismo fuego, con el tiempo, podrá transformarse en rosas, aunque sean pequeñas como este loco blog.
Porque
las palabras y los libros, como los dragones, tienen ese poder: resurgir,
sanar, volverse suaves y poderosos. Pueden arrojarnos al abismo o elevarnos
hasta donde jamás imaginamos.
Y a lo largo de los años, el mundo de las palabras y los libros me han salvado
siempre.
Siempre han estado ahí, esperándome, con el corazón dispuesto a abrazarme.


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