Kodawari: la belleza de hacer algo con entrega absoluta, aunque nadie lo vea.
Cada vez me engolosino más con la visión que tienen los orientales sobre la vida. Estoy preparando un pequeño taller para personas que se sienten perdidas porque las circunstancias del mundo moderno han conseguido mover sus brújulas. En las lecturas adicionales que he hecho acerca de la columna vertebral de mi curso, me he encontrado con un concepto que me voló la cabeza: el kodawari, esa filosofía japonesa que implica una devoción por el detalle más allá de lo razonable, más allá de complacer a un mercado, incluso más allá del reconocimiento personal. Este concepto tiene su base en la entrega absoluta a una idea, a un hacer, a un significado. Lo opuesto a la velocidad sin sentido con que recorremos el mundo hoy en día.
Olvidamos que contamos con un recurso irrenovable que consumimos sin sentido en asuntos que, con frecuencia, no agregan mucho a nuestras vidas. Que cada momento que vivimos es irrepetible, y, sin embargo, no le dedicamos la atención suficiente para estar en él. Hacemos mil cosas al mismo tiempo y, si tenemos la suerte de coincidir con alguien en un café, pasamos la mitad del tiempo en el teléfono. El que está del otro lado recurre a la misma técnica, en correspondencia. Me pregunto: ¿por qué somos incapaces de pasar tiempo con otros plenamente? ¿E incluso, por qué no cultivamos la capacidad de estar con nosotros mismos? ¿Será que nos hemos aficionado a la dopamina? Obtener respuestas y satisfacciones inmediatas es lo de hoy.
Cada vez nuestras actividades suelen estar más vacías de sentido porque nuestra atención está dividida en diferentes cosas al mismo tiempo. Lo inmediato —y, desde mi punto de vista, superficial— controla nuestro quehacer cotidiano. Nos hemos vuelto perezosos para mirar con profundidad, no porque seamos incapaces, sino porque, para ir con lo que está de moda, hemos asumido que lo que sucede con rapidez y sin ningún tipo de esfuerzo es lo mejor. Estamos pendientes de las formas porque nos dan respuestas inmediatas, y rara vez nos preocupamos por el fondo de las cosas, porque esto requiere nuestra curiosidad, interés y, sobre todo, esperar pacientemente a que una cosa dé frutos.
Odio el fanatismo sobre cualquier cosa, y quizás eso es lo que, en muchos sentidos, me hace tener pensamientos contradictorios respecto a las ideas de Oriente y Occidente. Pero, siguiendo un poco la ideología japonesa del sintoísmo, vale la pena creer en 8 mil dioses. Cada piedra, cada árbol, cada idea, cada silencio puede tener algo divino. ¿Qué pasaría si actuáramos con esa devoción por lo pequeño, por lo esencial, por lo que no se ve? ¿Y si dedicáramos más tiempo a estar con nosotros mismos y cultivar nuestra propia liberación?


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