El costo de los sueños y el deber ser.
Hay preguntas que cuando las leo o alguien las lanza al aire como si fueran verdades reveladas, me hacen rechinar los dientes y apretar la quijada. Podría decirse que tengo un alto nivel de intolerancia a las estupideces modernas, pero no se trata de eso. No, no es que me incomoden los cambios ni que me niegue a respetar otras formas de pensar. Lo que me irrita profundamente es esa superioridad moral con la que las nuevas generaciones (al igual que la nuestra, seamos justos) creen tener la fórmula de la vida en sus manos... ¡ternuras endemoniadas! Y lo peor no es eso: lo insoportable es que se sienten con la misión de evangelizar, de imponer respeto a punta de cancelación o quejas idiotas, como si identificarse con zanahorias les otorgara el derecho de obligarnos a verlos naranjas.
Hoy me topé con una de esas preguntas que me activan el modo pelea:
¿A cuántos sueños renunciaron nuestras madres porque su época no se los
permitía?
Y sí, me subí al ring con quien la escribió. Porque —desde mi punto de vista—
la pregunta está contaminada por el juicio fácil del presente. No todos los
sueños eran posibles en otras épocas, pero tampoco todos los deseos eran los
mismos que hoy. Algunas mujeres quizá no soñaron con independencia o realización
profesional, no porque fueran oprimidas sin conciencia, sino porque esos
anhelos ni siquiera formaban parte de su imaginario. Otras sí soñaron, y no
pudieron. Y algunas, menos, como Sor Juana, se atrevieron a romper moldes,
pagando con renuncia, soledad o persecución. Porque los sueños —los verdaderos—
exigen voluntad, sacrificio, rebeldía y, sobre todo, un baño de realidad. Y no
todas quisieron o pudieron pagarlo. Y eso, es ejercer tu derecho a elegir lo que sea.
Me parece poco justo y no utilizar la cabeza para idealizar y condenar desde la soberbia de una mirada que se cree más libre solo por ser más reciente y estar envuelta en una serie de información sin reflexión.
La realidad de las que hoy vivimos esa ambigüedad incómoda de estar cumpliendo sueños propios y que nuestras madres ni siquiera pudieron imaginar; es una inmensa ansiedad que nos quita el sueño¿Será que también alcanzar lo que, se suponía, nos haría felices nos lleva a sentirnos vacías, desbordadas o presionadas por el siguiente paso?
Vivimos atrapados —madres, padres, hijes y quienes estén en la nómina del deber ser— entre lo que deseamos y lo que se espera que deseemos, como antes. El discurso ha cambiado, pero el mandato es el mismo: deben ser... exitosos, felices, productivos, plenos. Ser. Ser. Ser. Siempre siendo algo.
El ruido del mundo es también parte de lo que debemos asumir: pantallas, redes, algoritmos que entretienen, distraen, enseñan y crían. No es que la tecnología sea el enemigo, pero ha trastocado nuestras formas de vincularnos. La conexión emocional se sustituye por estímulos constantes, la atención se fragmenta, los vínculos se disuelven. Padres compitiendo con TikTok, hijos que aprenden más de YouTube que de una conversación real. Y esto, inevitablemente, transforma nuestra forma de estar en el mundo y plantearnos cosas que tienen su origen en la literatura, perdón en los comics. ¿era esto lo que se soñaba? porque los sueños tienen un costo y ¿quién debe pagarlo?
Los sueños que se plantearon y no lograron cumplirse y los que si, han construido este nuevo mundo, pretender que es mejor es absolutamente soberbio y anacrónico, cada generación libra sus propias batallas, las madres de nosotros libraron las suyas, aunque fueran silenciosas. Nosotros, también, estamos en las nuestras. Y ojalá aprendamos a hacerlas nuestras de verdad, sin repetir discursos prefabricados. Déjemos el pasado atrás con sus propias inconsistencias, logros y fracasos porque que ha sido el cimiento para este mundo nuestro.
Pensemos no todo lo que "duele" es malo y no todo lo que soñamos… nos salva.



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