El tiempo que habitamos.
Cuando somos jóvenes, solemos creer que el tiempo —como la salud— es infinito. Sentimos que podemos movernos de un lado a otro sin que nada se desgaste, sin que nada pase realmente. Y, en cierto sentido, esa percepción no es del todo errada: el tiempo somos nosotros.
Antes de preguntarnos qué hacer con el tiempo, tal vez convendría detenernos a pensar cómo queremos vivirnos dentro de él. Porque —les tengo una noticia— estamos dentro de nuestro tiempo y, nos guste o no, el tiempo —o sea, nosotros— es finito.
El tiempo, aunque parezca externo porque lo medimos con husos horarios, relojes Patek Philippe, Apple Watches y demás, no es una agenda que se llena con actividades e inputs externos. Como concepto, nos ayuda a establecer buenas relaciones con otros, a producir más y mejor… aunque en México solemos ser más bien impuntuales, por la razón que sea.
Detener el tiempo es algo que solo se ha planteado en la ficción. Rara vez nos detenemos a reflexionar sobre ese espacio donde transcurre nuestra historia personal, esa línea continua de momentos brillantes y quiebres que nos han hecho quienes somos y quienes seguiremos siendo.
El tiempo —como lo concebimos hoy— es una invención moderna. Un sistema que intenta ordenar lo inasible. Pero no deja de ser una estructura artificial; útil, sí, pero incompleta. Dentro de ese marco, cada día parece exigir una decisión, una elección. Y vale la pena recordar que “decidir” viene de decidere: cortar. Elegir un camino implica renunciar a otros. Esa es la verdad que tantas veces evitamos.
Vivir de manera plena no es llenar el tiempo, es elegir conscientemente, es habitarlo. Es estar y apreciar el mundo como es, no como quisiéramos que fuera. Aceptar que hay límites, y que eso —aunque duela— también nos hace libres. Porque enfrentarse a la finitud, lejos de ser un castigo, puede ser la puerta a una relación más auténtica con la vida.
Y entonces, tal vez podamos hablar del aroma del tiempo*. No el de los relojes o las alarmas, sino ese otro: el que deja una tarde que se va, una conversación que marca, un juego de ajedrez sin terminar, un instante que cambia algo. El tiempo tiene aroma, aunque no siempre lo percibimos. Huele a lo vivido, a lo perdido, a lo que todavía es posible.
¿Cómo estás habitando el tuyo?
*Título de un ensayo filosófico de Byung-Chul Han


Comentarios
Publicar un comentario