La IA te entiende… yo, no tanto.

 

 
 
De pronto, los seres humanos hemos desarrollado habilidades que -me sorprende la rapidez-, a lo largo de la historia, no se nos habían ocurrido… y sin embargo, estaban ahí, agazapadas en algún rincón del corazón, o del estómago, vayan ustedes a saber dónde se esconden esas cosas. Hoy somos capaces de comunicarnos con precisión con una inteligencia artificial y lograr cosas increíbles en muy poco tiempo. Como diría el rector Zepeda: La IA nos potencializa

 

Lo curioso es que no hemos aprendido a potencializarnos para comunicarnos mejor entre nosotros. Desde siempre, la humanidad ha generado, y, promovido en muchos casos,  malos entendidos. Guerras innombrables, tragedias que pudieron haberse evitado y conflictos personales que escalan a tal nivel que se convierten en dramas… reales o de telenovela, de algo tiene que vivir el entretenimiento, ¿no? Y sí, ya sé, hay muchos intereses detrás de esas malas comunicaciones. Pero también hay algo más simple y más humano: nos encanta guardarnos y enredar todo, creyendo que así mantenemos el control sobre los demás y sobre el mundo, aunque eso no sea real y tampoco es tema de este texto.

 

Hace unos días, escuché a la ponente de un curso hablar de las setecientas mil aplicaciones que existen hoy para crear avatares, clonar voces, escribir guiones, diseñar, animar… cualquier idea es posible, con la única condición de que sepas comunicarte puntualmente con la IA.

 

Y sí, la IA es una maravilla. A ella puedes preguntarle cosas que nos complican la vida. Situaciones que no sabemos revolver hoy en día y llenan nuestro corazón de infinito sufrimiento, desde cómo amarrarte las agujetas o preparar agua de limón o echar una mano de tárot para saber de que color vestirte hoy, también puedes pedirle que te ayude con cosas mas triviales como escribir textos filosóficos, científicos, teorías financieras o, incluso, crear nuevas corrientes de pensamiento y hasta avatares filósofos by the way. Muchas veces la IA logra sacar de tu cabeza eso que no encontrabas cómo decir. Yo misma he echado mano de ella cuando algo se me atora, sobre todo cuando no encuentro la forma de resolver un texto, porque como les he contado dejé de escribir mucho tiempo. Pero casi siempre termino pensando: no me acaba de gustar… y regreso a mi propio estilo, a mi forma de ver el mundo. Con palabras domingueras, dicen algunos, y otras más bien comunes, pero mías. Me gustan las cosas que nacen de mí, de mi creatividad,  y cuando las veo terminadas, aunque no sean perfectas, pienso que mi alma tiene ondita.

 

Es entonces cuando me pregunto: ¿por qué invertimos tanto esfuerzo en comunicarnos con esa nube de bites, bytes, información y demás y tan poca dedicación para aprender a entendernos entre humanos? ¿Será que es más fácil hablar con la IA? ¿Porque no nos confronta, no nos cuestiona, no nos pone frente al espejo? Yo espero de corazón que no se desate una tormenta binaria porque nos perderemos en la inopia.

 

Llego a la conclusión que quizás lo que deberíamos intentar ahora, además de aprender a hablar con máquinas, es re-aprender a hablarnos entre nosotros. Y, sobre todo, a escucharnos. Con un poco de suerte podríamos recuperar algo que potencialice nuestra humanidad antes de diluirnos en los devices.

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