Quiero todo, todo, pero sin trabajar


 

Pertenezco al inicio de la generación X, según los mercadólogos que no podemos vivir sin ponerle etiquetas a todo. A veces, estar en la línea que separa dos generaciones me genera muchas contradicciones, porque tengo en el ADN el mito de la estabilidad, del trabajo duro, del sacrificio de las horas personales en aras del beneficio común, y de una retribución monetaria regular como sinónimo de seguridad. En mi casa se promovió hasta el cansancio para no ir en contra del concepto.

Pero también, como muchos de mi generación, la vida me enseñó a valorar el equilibrio trabajo-vida, aunque a veces es más en teoría que práctica. He sido autodidacta; he aprendido por necesidad, por deseo, por intuición. Hace poco escuché que una universidad digital usa el concepto de “aprendedor” que sinceramente, me raya.

Porque soy más boomer que X. He trabajado casi toda mi vida en una sola empresa. Me adapté al sacrificio como si fuera parte natural del contrato. Horas extra, fines de semana, vacaciones medio tomadas y 250 días que no descansé y que la empresa ni me pagó… ni a mí me importó. Todo en nombre de una idea de “responsabilidad” que hoy suena tan antigua como el fax, que por cierto, ahora es parte de una campaña publicitaria para referirse a los "viejitos".

Hace unos días, escuché esta frase:“Soy adicto al TikTok.” No sé si era una confesión, una medalla o una estrategia de marketing personal. Me dijo que hay estudios de Harvard (o alguna universidad igual de rimbombante) que demuestran que TikTok es más adictivo que cualquier otra red. Y no pude evitar esa extraña sensación de estar viendo el mundo convertirse en un videojuego de recompensas inmediatas, donde todo es estímulo, sonido, imagen, otro scroll, otra frase motivacional, otra receta de 3 minutos, otro tip de vida, otro baile, otra nueva tendencia, otras u otros octogenarios haciendo el ridículo, otra simulación de profundidad de 15 segundos y después absolutamente todo se esfuma como si nunca hubiera existido.

Mientras tanto, yo, hija del reloj checador, sigo aquí, preguntándome cómo explicar que la vida no se puede editar con CapCut, que la estabilidad no llega con afirmaciones diarias ni con “manifestar”, y que el trabajo, con todo y sus sombras, también ha sido un lugar que da sentido a nuestra vida. No necesariamente el único, pero sí uno importante.

Esto lo hilé con otra frase que me voló la cabeza cuando una persona joven, que no le encuentra sentido a su vida, dijo: Es que quiero ser libre, poder viajar por el mundo, que mis papás me mantengan y no me controlen... la verdad es que no quiero trabajar.”

Y por un momento, mi cerebro se reinició. Como si hubiera recibido una instrucción mal planteada. No es que sus deseos de viajar no sean legítimos, mucho menos el anhelo de una vida más libre. Lo que me revoloteó la cabeza fue la disociación total entre el deseo y el esfuerzo. Y me pregunté, con harta preocupación porque, si todo sale bien, en breve pasaré a ser parte de las filas de los jubilados ¿De qué creen que van a vivir estas generaciones?¿De intenciones? ¿De hashtags?¿De reels motivacionales en Bali o en la Riviera Maya?

Vivimos en una era donde el “vivir viajando” se vende como estilo de vida. Donde algunos influencers (los peores) predican la abundancia sin compromiso, como si trabajar fuera una trampa o una enfermedad que se cura con un retiro de cacao. Y claro, una parte de la juventud lo compra. Porque el sistema también ha fallado: los explota, los sobreestimula, los deja sin brújula. No es todo culpa suya. Aunque los que los hemos educado tampoco estamos libres de “pecado (ja) No hemos podido poner en su visión ni on u off line la idea de que hay una gran diferencia entre querer una vida distinta y querer una vida sin hacer nada. Porque justo ese gap tiene el costo de la frustración, el desencanto y muchas veces una depresión infinita.

Desde mi punto de vista, los chicos de hoy igual que los de otras épocas y con sus desafíos de hoy, pueden construir una vida con sentido y con vínculos saludables. Es verdad que no todo tiene que ser trabajo, pero sí debiera tener propósito. Viajar no tiene que ser una huida ni descansar significar desaparecer. No quiero ser la tía Lucía de los gatos y mucho menos caer en un regaño moralista, pero este nuevo modelo de deseo vacío que confunde libertad con evasión me llena de pesar. Mi intención es hacer un llamado silencioso a reflexionar sobre esta nueva cultura que nos enseña a querer sin sostener, a soñar sin construir, a vivir sin vínculos, sin esfuerzo, sin raíces.

Hoy escribo esto porque, sinceramente, debo publicar algo…pero no quería trabajar. (Y sí, es broma… más o menos).

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