Entre Jang Uk y la señora de la oruga: crónica de un sacrificio que no fue, ni será.
Últimamente he estado reflexionando sobre el amor filial, el erótico, el pasional, el romántico y en los cambios categóricos de la vida. En cómo cada uno de esos componentes te lleva a una mutilación simbólica, o de cosas físicas.
Todo empezó con un cuento japonés llamado La oruga. Un hallazgo (mío) de la literatura japonesa acerca de una mujer que cuida a su esposo, un héroe de guerra reducido a torso viviente: sin piernas, sin brazos, sordomudo y con el rostro desfigurado. Una oruga humana, pero con uniforme. Un relato inquietante que me hace reflexionar sobre la dependencia y lo torcidos que podemos ser los seres humanos. Me asaltaron estás preguntas: ¿Qué razones hay detrás de alguién que acepta un destino así? ¿ama realmente a ese hombre? ¿Lo cuida por costumbre? ¿Por culpa? En verdad, ¿el amor es permanecer en un lugar a toda costa? ¿hay placer en el desamor, el desencanto y la costumbre? Aunque podríamos explorarlo desde el punto de vista psicológico…la verdad me da harta flojerita: la narración me hizo reflexionar y me dió penita porque casi todos hacemos cosas ridículas o absurdas por “amor”.
El amor, o lo que disfrazamos de amor por otros, generalmente nos impulsa a hacer cosas inconcebibles, valientes, tontas, infantiles, exacerbadas... para no decir una palabra que odio: sacrificios. Mi mejor 친구 (chingu, amigo en coreano) suele decir que el mundo se mueve por la culpa. Yo difiero un poco, pero es probable que tenga razón. Tal vez lo que realmente nos mueve es esa sensación de que le debemos algo a alguien. O quizás arrastramos asuntos ocultos que no queremos mirar de frente.
Siguiendo
este pensamiento, yo, por lo pronto, estoy tratando de dejar de “amar a
otros” en ese sentido: dejar de hacer cosas por “amor” o por “culpa”,
que a veces son lo mismo con distinta envoltura. Lo menciono porque
muchos de mis cercanos —y algunos otros que ni me han preguntado— saben
que estoy en medio de un cambio radical. Profesional, personal,
emocional, existencial: un combo completo. Y claro, no han faltado
quienes sueltan frases de colección: “¡Wow, qué valiente!”
O una aún más linda, de esas que inevitablemente me sacan el tapón:
“¡Qué gran sacrificio!”Y entonces, se activa el reflejo condicionado de
mis años en medios: ¡Corte! Y me detengo en seco… para no darles un
golpe.
Odio la palabra Sacrificio porque me suena a melodrama religioso, a mártir descalza con mirada al cielo y fondo de cuerdas tristes. Yo no soy una mártir. Soy una mujer práctica, intensa y muy, muy loca. Pero además soy una madre y eso me pone con un pie en el drama. De paso, también soy una romántica descompuesta: una que ya no cree en cuentos de hadas, pero sigue llorando con dramas coreanos.
Todos saben que amo los k-dramas y últimamente estoy viendo una serie coreana: Alquimia de Almas cuyo héroe es un hechicero que muere por amor, revive por amor, se vuelve letal por amor. Una maravilla visual. Me comí entero este cuento del renacimiento por amor, ja. Y entonces, me vi: con mis contradicciones, mis ganas de renacer pero sin presupuesto de producción, ja. Con mi hijo, mi precioso hijo, por quien (supuestamente) estoy dispuesta a dejarlo todo y comenzar otra vez. Aunque mirándolo bien eso no tiene nada de verdad, seamos honestos: todo lo que hacemos, lo hacemos sencillamente porque nos da la gana o por vínculos disfuncionales.
Sí, pienso en un renacimiento. Mi profesión coquetea con la obsolescencia, reviso mi cuenta de banco veintitrés veces al día, y tengo la sospecha constante de que estoy improvisando mi adultez en tiempo real. Pero me choca que digan que esto que hago es un “sacrificio”, o que mis decisiones tienen el calibre épico de Jang Uk —ese personaje de K-drama que, por cierto, me gusta más que el nuevo Superman—. Redireccionar mi vida con base en un autoanálisis profundo, motivaciones personales y la voluntad de cambiar, no me parece una hazaña heroica. Me parece un acto de amor propio. Y si eso no entra en el guion dramático, lo siento. Estoy tratando de dejar de ser la señora y la oruga a la vez: sin piernas emocionales, sin voz propia, dándole de comer a lo que ya no se mueve pero sigue exigiendo. Pero me siguen dando vueltas estas preguntas: ¿El amor tiene que doler para que valga? ¿Tienes que depender o darlo todo hasta quedarte vacía para que sea real? No lo creo. No hace falta ser una heroína trágica para dejar de ser oruga.
Eso sí, si en unos años mi hijo me dice que quiere dejar la carrera para ser influencer de comida rápida en TikTok. Ahí sí, que me entierren con música de violines.
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