Los k-dramas y los arquetipos que llenamos.
A todo el mundo le he dicho que amo los doramas, especialmente los K-dramas. Lo he publicado en redes, lo he comentado en charlas, y cada vez que lo digo, la gente me ve como si estuviera hablando con otra persona.
Hace poco revisé una publicación antigua, una que tuve que reescribir varias veces porque la había hecho mi gemela con problemas lecto-escritores, y ahí, entre esas frases que corregí y volví a corregir, descubrí que, por enésima vez, había declarado esa “tontería” con total convicción: amo los K-dramas.
Entonces me pregunté:¿No se supone que soy una persona pensante?¿Por qué hago esto? ¿Por qué invierto mi tiempo, mi valiosísimo tiempo, en ver telenovelas que no reflejan nada de mi cultura, que están habladas en un idioma lejano que no hablo y del que entiendo chingu y saranghaeyo y eso es porque he visto muchas?
Reconozco la impecable manufactura de muchas de las series que tenemos a nuestro alcance, pero algunos de los plots pueden ir del kitsch a la lágrima fácil. Eso no es de sorprender porque están hechas para el entretenimiento, pero lo que si me asombra es ¿Por qué cada vez hay más mujeres viendo y hablando de ellas?¿No se supone que somos empoderadas y progresistas? ¿Que trabajamos cada día por “superarnos”? aunque no siempre sepamos exactamente qué significa eso. ¿No administramos oficinas, casas, educamos hijes (algunas mujeres, no todas), meditamos, hacemos yoga, vamos a terapia, cultivamos la presencia?
Y aun así, con todo eso, hacemos espacio para un capítulo semanal, o cinco, o incluso para un maratón de fin de semana, en pijama. Dudo mucho que la respuesta esté en el ocio, la evasión, el desamor o la falta de quehacer. Más bien, creo que está en el símbolo.
Un símbolo no es una imagen bonita o un recurso estético. No entra por la cabeza, nos atraviesa por dentro. Es una forma de condensar una emoción, un deseo, una experiencia que no se puede decir en palabras.
Estas series, a diferencia de muchas occidentales donde el sexo, la violencia o la crudeza emocional lo dominan todo, son más contenidas y mucho más emocionales que físicas. Y tal vez ese sea el verdadero motivo del enganche: hay algo ahí que nos hace sentir sin exponernos, como si estuviéramos viviendo en voz baja.
Sabemos que el guion está diseñado con sus altibajos emocionales para manipularnos, pero la respuesta no está solo en el algoritmo ni en la estética cuidada. Para entender por qué nos conmueven tanto, hay que mirar hacia los arquetipos que plantea Jung y, ¿por qué no? hacia la memoria emocional que cargamos en los genes (de esto habla la epigenética).
Ver K-dramas puede despertar en nosotras imágenes arquetípicas universales, esos patrones psíquicos heredados que nos predisponen a experimentar el mundo de cierta manera.Tenemos en la cabeza moldes que necesitamos llenar: la Madre, el Héroe, la Sombra, el Sabio, la Doncella. No como personajes, más bien como formas simbólicas que toman distintas caras según la cultura, la época o incluso el medio narrativo. Y tal vez, cuando vemos un drama coreano, esos moldes se llenan con lágrimas, con ternura, con deseo de justicia emocional, con amor que espera y no exige.
Lo que es mejor, los K-dramas no se sacaron esos moldes de la manga. Son los mismos arquetipos que todas las culturas cargan consigo, aunque cada una los acomode a su manera. Están presentes en las leyendas antiguas y en los sueños modernos. Hoy caminan en traje de diseñador, uniforme de chef o de médico o un delantal de cocina, pero siguen susurrando lo mismo: quiénes somos por dentro.
Quizás la razón por la que
nos enganchamos con estas series no tiene que ver con llenar el tiempo. Tal vez
esas imágenes alimentan nuestras emociones más antiguas.
O, quién sabe, puede ser que ver K-dramas sea una forma bastante ordinaria de
contactar con nuestro inconsciente colectivo sin tener que ir a terapia dos
veces por semana. O quizás es mi forma de justificar en qué demonios pierdo
algunas tardes.



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