El amor de mi vida es el que sigue.

 


La frase “eres el amor de mi vida” suena, en estos tiempos, como algo que se dice en medio de una sobredosis de dopamina que nos da una resaca para la que se necesita agua con harta miel. Nadie debería decirla sin antes consultar con su terapeuta, sus grupos de whatsapp y su horóscopo. Aun así, todos caemos sin previo aviso. La culpa por las ansias del otro nos da un empujoncito, la oxitocina hace lo suyo, y para cuando llega la vasopresina, ya estamos haciendo playlists juntos. Aunque suene poco romántico, si, el amor es pura química: dopamina, oxitocina, vasopresina, serotonina, adrenalina, noradrenalina, que aunque legal, es pura droga, que gracias al Señor aún no sabemos como reproducir artificialmente.

 

Pero quizás por eso vamos de nuevo. Convencidos de que esta vez sí, ahora sí, este es el amor de mi vida. Hasta que al paso de tres meses descubrimos que dijo mi mamá que no eres tu, soy yo. Yo tengo una teoría, que no puedo probar, pero igual la sostengo: en una sola vida, se viven muchas. Y yo, por ejemplo, ya voy como en la octava.

 

A veces me siento como personaje de drama coreano, ya sé, ¡qué vieja tan obsesiva y con vista tan corta!, con poderes psíquicos y una maldición heredada. Pero tengo mis razones. Cuando nací, mi abuela, bruja autodidacta, muy respetada en su pueblo y probablemente muy amiga de las tragedias griegas, me leyó la mano y dijo: “Esta niña no se va a casar nunca." Y aunque eso no quiere decir que nunca he amado, en ese momento cayó sobre mis deditos de recién nacida un conjuro que selló mi destino. Nunca me he casado. Ni por la iglesia, ni por el civil, ni por Las Vegas. Ni siquiera por error. El conjuro fue claro, y yo lo cumplí. A menos que algún contrato laboral haya contado como matrimonio. ¿Lo lamento? No.¿Me la he pasado increíble? Bastante. ¿Me ha servido como narrativa para darle sentido a mis decisiones? Por supuesto y también quizás tiene que ver con mi punto de vista.

 

Durante años pensé que no casarse era una forma de liberación. Me sumé feliz al club de mujeres independientes que gritábamos: “¡Yo me salvo sola! ¡Los principes azules son sapos! bla,bla, bla” Y si me sobraba energía, también salvaba a otros. 

 

Escalé profesionalmente como si el éxito fuera un dios azteca al que había que ofrecerle insomnio, juventud y relaciones rotas. Y aquí entre nos: no valió tanto la pena. Pero no vamos a hablar de la fractura de la propiedad privada y el estado ¡Ni Dios lo quiera!  Más bien se trata de micro-revoluciones sentimentales que fracasaron, de esos amores que caducaron mientras creía que amaría para siempre, y luego me senté a ver cómo ese “siempre” se enfrió como el café matutino.

 

El amor de mi vida, de cada vida, ha complementado cada una de las versiones que he sido: la que creía ciegamente, la que dudaba, la que fingía seguridad, la que sobrevivía con estilo.Todos amores únicos, irrepetibles, dignos de novela y con fecha de caducidad más corta que el yogurt orgánico. Con cada uno dije “Ahora sí.” Y también cada vez, con el tiempo, descubrí que no.

 

Por eso, cero drama, creo que el amor de tu vida es el que sigue. Porque en esta vida vivimos muchas. Y cada una merece su propia historia, su propio desvelo, su propio final feliz o como sea. 

 

Algunos amores se quedan como tatuajes mal hechos: no se borran, pero dan penita ajena. Otros ni a huella aspiraron, pero a veces aparecen en sueños que ni quieres anotar en tu libretita de noche. Y hay otros, los más pin… necios, que siguen vivos aunque los hayamos despedido con llanto, tequila y José Alfredo. 

 

A pesar de vivir todas esas vidas no he sucumbido a la tentación del matrimonio, tampoco hay una libertad revolucionaria y confieso que he sido de la horda de auto-esclavisadas, pero con estilo. Nada ha cambiado, pero algunas historias no siempre se apagan y en una vida siempre hay reminiscencias de las anteriores.


Comentarios

  1. Ay, Lucía Soria, este texto es el amor de mi vida. Este texto no puede ser menos que delicioso, justo, sin drama pero con en lucido ácido necesario para no caer en las trampas de la mercadotecnia del amor y sí acercarnos a preguntarnos cuál es el orden del amor que funciona para mí. Lucía, gracias.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares