La feria del Santo y del espanto.
¡Ya sé, el blog es semanal ! Pero se debe disculpar a una persona que no ha podido conciliar el sueño. Eso se debe a que mi colonia —¿debería llamarle barrio?— es el escenario de un teatro urbano donde se presentan todos los espectáculos, planeados o improvisados, de esta ciudad.
La semana pasada, por ejemplo, llegó una feria a instalarse a las 3 de la mañana. Sí, a las 3. Gritos, risas, música a todo volumen y el rechinido de metales oxidados armando juegos que, honestamente, deberían estar en un museo del riesgo, no operando en vía pública.
¿La razón? Se celebró la fiesta patronal de la iglesia. Pero aquí las festividades no paran, y nuestro cura parece tener convenio con el caos. El atrio, ahora parque, es un rolling stage en el que pasa de todo. Recordemos a Carlos, que frente a ese mismo recinto fue abofeteado por su novia justo antes de que ella se tirara de bruces frente a la puerta santa para pedirle perdón.
Y antes de que olvidáramos esa hazaña, se nos instala el Parque Jurásico de las ferias, sin aviso y sin una pizca de respeto por los horarios de sueño ajenos.
Y eso que vivo en una colonia fifí, de esas donde todo el mundo presume orden, civismo y autos de lujo. Pero si se trata de montar una feria improvisada con bocinas gritonas que no han pasado por una ecualización en toda su vida y luces epilépticas, nadie alza la voz, porque es “tradición”. Tradición, mis pestañas hinchadas.
Hablo de una feria que claramente no pasó por revisión de seguridad. De estructuras de fierro dudoso, juegos que giran como si el óxido los empujara, y gente que se ríe a carcajadas mientras una intenta dormir. Y una piensa: “Bueno, tal vez el ruido, el insomnio y el sobresalto valen la pena si esto alegra a alguien, si la calle se llena de luces, familias, fiesta…”. Pero no.
Antes de que cantara el gallo, para seguir con la tradición, empezó a llover y diluvió todo el día. Y aunque las luces se prendieron como si nada, la gente simplemente no apareció. Verlo fue triste, de esa tristeza profunda que da cuando todo el esfuerzo, incluyendo el de quienes cedimos silencio y sueño— no se traduce en alegría, sino en un desfile de luces mojadas, bancas vacías y juegos tapados con hule para que no mojen.
Quise reconciliarme con todo eso porque sé lo que significativo que es para esas familias que transportan sus vidas y sus negocios de feria en feria. Fuimos a caminar entre los puestos, comimos postres y jugamos a romper globos como si fuéramos niños. Y, por un momento, lo admito: la feria y yo hicimos las paces. Hubo algo en el olor de los elotes y en ese absurdo de estar bajo la lluvia tirando dardos a un globo para ganar una alcancía de yeso horrible, que me recordó que lo kitsch puede tener encanto.
Aunque claro, eso solo fue momentáneo. Porque vino el día siguiente y la pista de coches chocones arrancó al ritmo de las festividades del cura. Los altavoces, al unísono, elevaron sus voces al cielo: la reina de la cumbia y el Ave María, con micrófono y todo. Todo el día rechinaron los juegos y, más tarde, estallaron los fuegos artificiales, que desde mi ventana son un espectáculo único… aunque, de pronto, pienso en lo arcaicos que pueden ser.
Todos los vecinos estábamos empezando a habituarnos al ese endemoniado acorde sonoro cuando, por fin, llegó la noche y pensé: ¡Gracias a Dios que ya se van!… pero, ja, eso fue peor y volvió el estruendo a las 2, 3, 4 de la madrugada y el desmontaje se volvió otra feria más: la feria del ruido final. Como si hubiera que retirarlo todo con martillazo ceremoniales, risas, insultos a todo volumen y música energizante.
Así que aquí estoy: flaca? no. pero si, ojerosa, cansada y con la ilusión intacta de mi alcancía con forma del Sombrerero Loco, ese pequeño trofeo absurdo que me reconcilió, al menos un poco, con la feria y con la idea de escribir esto. Porque si algo me dejó esta semana,a demás de cansancio, es la certeza de que la línea entre lo entrañable y lo insoportable es delgada, casi invisible, y que solemos cruzarla sin darnos cuenta o con altavoces a todo volumen.
Me sigo preguntando: ¿estos circos barrocos son necesarios? ¿De verdad los necesitamos para sentirnos en comunidad? ¿O es que ya nos acostumbramos a vivir con el ruido como única prueba de nuestra existencia?
No lo sé. Pero lo que sí sé es que, en una ciudad que ya vive al borde del caos, hay días en que una feria a las tres de la mañana parece más una provocación que una tradición.



Habrá que llenar al Sombrerero, y luego decapitarlo; únicamente con el justificado fin de cumplir el sueño de ir a por comidita griega. ¡Opa!
ResponderEliminarBello texto. Abrazo y beso de gato.