20 cosas para hacer antes de morir, ja. No. no es una lista de deseos.
Un tema recurrente en las novelas modernas, las series de televisión (sean grandes o de esas que se ven mientras lavas los platos), las pelis de domingo y las filosofías modernas de Instagram, es ese: la fecha de caducidad. Alguien se entera que va a morir —por una enfermedad terminal, casi siempre— y ¡zas! hace una lista de todo lo que “de verdad” siempre ha querido hacer con su vida.
Hace unos días leí sobre una chica con diagnóstico de cáncer terminal. Apenas recibió la noticia, escribió una lista de 20 cosas para hacer antes de morir, obvio hay más drama, pero este no es el tablón. Lo típico: besarse con un desconocido, reconciliarse con el papá, correr sin brasier bajo la lluvia, renunciar a su trabajo (y lo hizo), viajar, decir "te amo" sin filtro. Todo en fast-forward, como si el alma le ardiera por recuperar el tiempo que dejó pasar por andar portándose “como se debe”.
Y entonces me pregunté: ¿Por qué carajos necesitamos tener la fecha de caducidad por escrito para vivir como realmente queremos? ¿Qué nos empuja a dejarlo todo para después? ¿Realmente creemos que somos eternos? ¿O simplemente nos da pánico asumir lo que nos costaría cambiar ahora?
Los pretextos siempre traen nombres propios: los padres, la pareja, los hijos, el jefe, el amigo al que “no queremos herir”. Nos escudamos en la madurez, el deber, la educación, el amor. Pero, según yo, la verdad es otra: posponemos por miedo. Miedo a perder el control. A abrir una puerta que no sepamos cerrar. A que, si lo decimos en voz alta, ya no podamos volver atrás. Creemos que si lo ignoramos, no existe. Que si lo dejamos para mañana, será menos riesgoso. Que si lo pensamos tantito más, quizás… mágicamente… eso que deseamos, simplemente pase.
Spoiler: no pasa.
Y cuando, por alguna desgracia personal, nos cae una tarjeta postal de la finitud —una pérdida, un diagnóstico, un “esto se acabó”—, ahí sí: nos entra el frenesí por vivir todo lo que nunca nos permitimos vivir con calma y en paz. Entonces, ¿qué pasaría si no esperáramos a que la vida nos pusiera una fecha límite para movernos?
Ojo, no se trata de pasar sobre nadie, ni de salir a caminar y no volver nunca, tampoco hablo de volvernos loc@s, hablo de atrevernos a vivir con honestidad y asumir las consecuencias de esas decisiones. Ser un poco valientes y actuar. Aunque tiemble todo. Aunque nos tachen de egoístas, intens@s o inestables.
Porque no, no somos eternos. Pero sí somos responsables de lo que hacemos con el tiempo que sí tenemos.
Este
blog es para escribir lo que a nadie le importa.
O tal vez, lo que a todos nos importa, pero callamos porque hay que seguir
actuando como si todo estuviera bien.
Pienso, y me sumo a acciones incongruentes, que lo correcto, lo sensato, lo
prudente… también puede ser una forma elegante de morir en vida.



Wowwww, tan cierto: lo prudente puede ser una forma elegante de morir en vida…
ResponderEliminar