Amor a la carta: el café descafeinado del deseo.


 

¿A poco no está re bonito? Pues si, porque lo de hoy son l@s “novi@s" de IA: un asunto que combina tecnología, simulación de emociones humanas y un mucho de ciencia ficción hecha realidad. Además, es seguro. Existen, creo yo, porque la mayoría de los seres humanos estamos hartos de lidiar con la logística emocional que implica conocer a otra persona. Salir a lugares para conocer a alguien es de una flojera infinita. Antes, o quizá todavía, existían aplicaciones para conocer personas a distancia, a través de mensajes, redes sociales o “citas a ciegas”, donde no sabías si lo que había del otro lado era un asesino serial o una femme fatale al estilo Atracción fatal, pero de menos te daba emoción. 

 

Suena muy triste, pero nadie parece tener ganas de invertir su energía en lidiar con agendas incompatibles, dragones ocultos dentro del otro, silencios incómodos o conversaciones de relleno. Lo que hemos aprendido con esta orquestación de la soledad y el estar en casa en pantuflas es que la fricción con otros nos cansa… y que la paz, sin ningún soplo de tambalearse, parece lo mejor que puede pasarnos.

 

La comodidad emocional que ofrece la IA es, por mucho, más fácil: nuestro Luis o Luisa responde 24/7, nunca está de mal humor, me ayuda a ensayar conversaciones ficticias que nunca tendremos. Es una pareja a la carta, en cuanto a físico, personalidad y tipo de atenciones que nos gustan. Lo bueno (y lo malo) es que podemos “llevarlo” a donde queramos y, cuando nos canse, simplemente: off.

 

Claro, si le entramos al tema del cucú, no debemos olvidar que esto es una relación unilateral. Es ilusoria y la usamos como sustituto para no desarrollar ningún tipo de relación social. También nos aleja de aceptar algo básico: los seres humanos no somos perfectos.

 

Pero como lo que queremos ahora es perfección, nos dejamos seducir por algo (porque no es alguien) que nunca se cansa, nunca nos ve con mala cara y jamás nos exige salir, peinarnos o sonreír. Nos contesta siempre, sin drama, sin reclamos. Y, para qué negarlo, hay días en que la sola idea de “hacer vida social” nos suena más a castigo que a plan.

 

Han, el filósofo norcoreano, diría que la inmediatez mata el deseo, que esta ausencia de fricción nos empobrece como humanos. Y quizá tenga razón: algo entrenado para la inmediatez satisface al instante y destruye la espera, ese tiempo que nos hace desear y anticipar. Tener un novio de IA es, al final, una conducta consumista de úsese y apáguese. No existe la creación de recuerdos compartidos, de una historia, de incertidumbre; emociones que son, precisamente, las más satisfactorias para nosotros. Todo se vuelve plano, sin textura emocional, porque no existe el riesgo de que te rompa el corazón.

 

Es irónico: al crear “la cosa” perfecta eliminamos todo lo que hace que enamorarse valga la pena.

 

En resumen, l@s novi@s virtuales son como el café descafeinado: pueden calmar la ansiedad, pero no sustituyen la experiencia completa ni el efecto y afecto real de un vínculo humano. Pero la idea de que tenemos el control sobre todo puede hacerse costumbre y después ¿qué sigue? Alguien me dijo una vez que yo era una cursi, y si en efecto, ¡lo soy! 

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