El arte de llegar a destiempo.

El otro día me invitaron a comer a un restaurante que no me hace ninguna gracia. Ya saben, de esos lugares donde lo único memorable es lo caro del estacionamiento. Yo dije que no, con toda la elegancia del que se cree dueño de su tiempo. Horas después, la persona que me había invitado me suelta: —Qué mal que no quisiste venir. Aquí estaba comiendo ese actor que tanto te gusta. El mismo con el que alguna vez trabajaste. El que juraste que, si volvías a ver, ibas a saludar con la naturalidad de una vieja amiga y no con la torpeza de fan de pasillo. 

 Yo, claro, ya estaba en mi casa, evidentemente no iba a salir corriendo, pero pensé, ¿será que existe realmente el destiempo? ¿O es solo una etiqueta elegante para disfrazar nuestra mala puntería vital? Porque si lo pienso bien, no es la primera vez. Me he ido de fiestas justo antes de que pasara lo bueno o apareciera el guapo. Alguna vez llegue temprano a un concierto y me chuté tres horas de pruebas de sonido, pero me fui antes de que apareciera el grupo estrella. Alguna otra vez salí tan a tiempo para una cita que llegué 45 minutos antes… y terminé cancelando porque “me pareció mucho esperar” y después pasó lo mejor. 

¿Ven? El destiempo es un deporte. Un estilo de vida. Una especie de talento involuntario que consiste en estar casi donde uno debe, pero nunca cuando debe. Y no solo pasa con restaurantes, actores y fiestas. También pasa con los amores. Esos amores que llegan demasiado pronto, cuando todavía no sabías ni cocinarte el desayuno, o demasiado tarde, cuando ya te habías vuelto experto en sobrevivir solo. Amores que se cruzan en el metro pero se pierden en la madurez. El clásico: “si te hubiera conocido cinco años después… o cinco antes…”. Al final, uno no sabe si fue falta de suerte o simplemente falta de sincronía emocional: la vida te presenta a la persona correcta en la temporada equivocada, como esos estrenos de cine que lanzan la mejor película justo el mismo día que juega la final del superbowl. 

 De hecho, creo que los amores a destiempo se dividen en tres categorías: 

1. El temprano: cuando aparece alguien increíble, pero tú sigues en modo “adolescente tardío”. 

2. El tardío: cuando finalmente aprendiste… pero la otra persona ya está en otra vida. 

3. El perfecto pero saboteado: cuando ambos llegan en el momento justo y, aun así, se las ingenian para arruinarlo, porque ¿qué sería de la vida sin un poco de auto-destiempo? 

Y el destiempo tampoco perdona la vida laboral. Una vez llegué tarde a una posición que había soñado durante años. Cuando por fin me la dieron, esa posición ya no era la misma, ya estaba desgastada, como fiesta donde solo quedan las luces encendidas y las botellas vacías. Y entonces me quedó la sospecha: ¿será que en otro momento yo no era suficiente, o simplemente no era el momento? Para colmo, también me fui, muy hasta el tope, antes de poder lograr lo que realmente quería. Como si mi reloj interno estuviera programado para irse justo antes de que corten el pastel. 

Al final, me quedó la certeza de que mi currículum debería traer una advertencia: experiencia en gestión, comunicación, y destiempo crónico. Lo más irónico es que, cuando ocurre, uno siempre siente que perdió algo grande. Aunque lo más probable es que no pasara nada, salvo un saludo incómodo, una canción mal entonada o un proyecto que igual iba a naufragar. Pero la mente se encarga de inventar la versión épica de lo que hubiera sido. Así que aquí estoy, con la sospecha de que el destiempo sí existe, pero más como narrativa personal que como fenómeno universal. 

Somos nosotros los que lo inventamos para darle sentido a nuestras desincronías. Y quizá, en el fondo, para consolarnos: “no llegué tarde, llegué a destiempo” suena mucho más sofisticado que “me dio flojera ir”. 

 

Pd. Me dio flojera corregir este texto así que lo hizo la IA, para no estar a destiempo con la publicación, ja

Comentarios

Entradas populares