El exceso como moneda de cambio.
¿No les pasa que los fines de semana, cuando la agenda afloja, solemos levantarnos más temprano? ¿Para qué? Para asomarnos a la ventana, salir al balcón o a la terraza, respirar el aire húmedo y frío que congela hasta los pensamientos, y para convencernos de que estamos “aprovechando el tiempo”, ese recurso irrenovable.
Yo me levanto temprano siempre, y voy con la misma locura de todos los días. Sin embargo, esta mañana recordé que no había escrito este blog que hago por disciplina, aunque a veces no tenga mucho que aportar… y otras sí. Pensé que esta semana no hubo nada que realmente me motivara a reflexionar, porque con tantos impulsos y la agenda llena de tonterías, no queda espacio para descansar el cerebro. Entonces pensé en los excesos: la lluvia, la narrativa política y TikTok.
Con tanta lluvia en la Ciudad de México, lo que uno realmente aprovecha es la sensación de estar siempre bajo la regadera. No lo controlamos, simplemente cae y cae. Exceso de agua, exceso de humedad, de tráfico y babosadas de otro tipo que no aligeran la tontería crónica de la vida moderna.
Lo que tampoco se controla —o más bien, no se quiere ni se puede controlar porque parece obligatorio— es este discurso político de quinta que se ha puesto de moda en el mundo, pero sobre todo en nuestro país. Esta semana casi todos vimos a un pobre diablo, de esos que hicieron del caos su profesión y seguidor ciego del presidente más torpe que hemos tenido, ser protagonista de un pleito en la cámara digno de una coreografía de telenovela. Salió corriendo como una gallina y después, con total cinismo, comparó el episodio con una violación. Un descerebrado de primera marca, cuya única especialidad es generar ruido y degradar la política. Una escena que retrata el quehacer político moderno lleno provocaciones, mentiras a todas luces y palabras que promueven el resentimiento y, que al final, solo ensucian todo.
Y luego están las aulas: jóvenes con todo el potencial del mundo, pero atrapados en la fascinación por el profesor más farol de la escuela. Entre risitas, charlas de quién sabe qué y TikToks en clase, queda claro que la curiosidad por la vida real es un lujo para minorías. Pero más que un asunto escolar, es reflejo de la cultura digital: la inmediatez y el exceso como moneda de cambio, el like por encima del criterio, el entretenimiento antes que la reflexión.
Al
final, no son fenómenos tan distintos: las lluvias imparables, los discursos
políticos grotescos y el scroll infinito de TikTok tienen algo en común:
exceso. Mucho ruido, poca claridad. Mucho espectáculo, poco fondo. Aunque
la lluvia tiene la virtud de medio limpiar todo.



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