El lazo de la verdad sobre el empoderamiento.

 

 

 
Recién me enteré del origen de la Mujer Maravilla. Y sí, confieso que antes hablé de ella sin conocerla bien. Mea culpa. La puse en un lugar equivocado y escribí con simplismo. Aunque, siendo honesta, su génesis tampoco dista tanto de poner la imagen de las mujer, una vez más, en un lugar de servidumbre. 
 
Porque resulta que la Mujer Maravilla no salió solo de la imaginación de un dibujante: su creador, William Moulton Marston, vivía en una relación poliamorosa y practicaba dinámicas de sumisión consentida que inspiraron nada menos que el famoso lazo de la verdad. Ese símbolo que hoy celebramos como justicia y poder femenino, viene de experimentos con ataduras y control. Sí, con todo y connotaciones sexuales.

Así que el ícono de empoderamiento que nos venden… también carga un trasfondo de dominación y sumisión. ¿El resultado? Un brillo moderno un tanto irónico si lo miramos de cerca.

 A la par de este descubrimiento, alguien me escribió en el contexto de una conversación al respecto: “Las nuevas generaciones buscan otras cosas. Ellas cambiarán todo con este nuevo constructo colectivo”. Ajá. Otra persona, en cambio, me dijo que las mujeres deberíamos mostrar ser menos listas, que así tenemos ventajas. ¿Disparates? Puede ser. ¿Interesantes? También.

Pero justo hoy, mientras pensaba en esto, apareció en mis redes una foto que ha avivado el fuego del infierno con comentarios mordaces y otros no tanto. Es sobre una mujer que puede
maternar en medio de una agenda política incansable y no parece despeinarse. Este hecho me hizo aterrizar lo que realmente pienso del “empoderamiento”.

No soy feminista radical, pero sí creo que el mundo debería ser más equitativo. Para todos. Y cuando digo todos, es TODOS: no solo minorías, ni las causas de moda que cambian cada semana.

Ahora, pongamos sobre la mesa: el empoderamiento, según yo (y según todas las IA), es el proceso de adquirir capacidad real de decisión y control sobre tu vida. Personal, económica, social, política. Suena precioso. Pero la práctica es otra. Porque no podemos deshacernos tan fácil de lo que cargamos en nuestro ADN social y cultural. No hablo de genética, hablo de socialización. Lo que nos enseñaron desde niñas y niños, lo que internalizamos sobre lo que “debe hacer” una mujer. Eso no desaparece porque sea tendencia en redes.

 Además, no todas lo vivimos igual. El empoderamiento cambia según clase social y educación. Una mujer con recursos puede delegar cuidados. Otra, no. Lo que para unas es libertad, para otras es sobrecarga. Y cuando delegamos, casi siempre lo hacemos a otras mujeres con menos oportunidades. Así, el empoderamiento individual, en contextos desiguales, solo perpetúa que esto sea un concepto y una práctica de clase.

Y si hablamos de maternidad para mujeres comunes y corrientes, la cosa se complica más. Muchas veces la libertad se comprime porque hay que sostener trabajos que no siempre valen tanto, porque la crianza sigue cayendo sobre nosotras. Sí, podemos externalizar parte de ese trabajo en escuelas o dispositivos móviles, pero eso no cambia nada, nos sigue limitando para negociar, cuidarnos o reinventarnos laboralmente.

 Por eso digo: el empoderamiento no es un ideal abstracto ni un pensamiento colectivo que “llegará solo” y descenderá únicamente como un halo divino sobre algunas agraciadas. Es mucho más profundo. Yo me pregunto: ¿cuántas de las mujeres que hablan de empoderamiento han podido realmente soltar el rol de madre, administradora de casa y trabajadora a ultranza? Mientras haya desigualdad material, educativa y de cuidados, lo que llamamos empoderamiento seguirá siendo una ilusión con brillantina.

 Si de poder hablamos, toca hablar de modificar estructuras, educación y reparto real de tareas. No de hashtags ni frases bonitas. Ni siquiera de superpoderes de la Mujer Maravilla.

 A veces me pesa ser parte de una de las generaciones que cargó con la responsabilidad de hacer creer que el “empoderamiento” era una oportunidad inmejorable. Me gusta, eso sí, la idea de que las nuevas generaciones puedan elegir entre hijos o perros (ojo, también estoy en contra de la sobrepoblación). Reconozco que se ha conseguido libertad, pero me pregunto: ¿qué tan profundo es ese cambio y hasta qué nivel de estratos alcanza? También vale la pena recordar que no se les ocurrió a ell@s ni cayó del cielo: hubo generaciones enteras que trabajaron visible e invisiblemente para que fuera posible.

Y no, no creo que esto cambie de la noche a la mañana porque se puso de moda. Los cambios de verdad requieren profundidad y menos “alaraca”.

Lo que sí puedo decir es que estar en medio, cargando expectativas propias y ajenas, responsabilidades visibles e invisibles… es agotador. Aunque hablemos de empoderamiento, igualdad o nuevas generaciones, la vida diaria sigue siendo intensa. Y eso también merece decirse.



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