Del otro lado del puente


 

Ayer tuve dos encuentros maravillosos, de esos que te dejan con una sonrisa interna y te reconcilian con la vida, con la gente, con lo que eres capaz de sentir cuando estás en calma ¡Con hartas ganas de vida! Y también, recientemente, sucedió lo opuesto: un desencuentro con una nueva amiga. Tuvimos un par de momentos en los que nuestras tormentas internas se cruzaron y algo se rompió. Me dolió más de lo que esperaba, quizá porque no era alguien tan cercana, pero justo empezaba a quererla.

 

Desde entonces me ronda una idea: en el camino vamos construyendo y destruyendo relaciones casi sin darnos cuenta. No siempre por grandes errores, sino por pequeños choques de momentos internos, por la falta de esa educación emocional que nos enseñe a cuidar los puentes cuando crujen. Y eso probablemente se debe a que somos frágiles a la hora de conservar a las personas cerca. Nos alejamos cuando algo nos incomoda, cuando nos sentimos vulnerables, cuando el otro refleja algo que no sabemos manejar en nosotros mismos. Y a veces simplemente porque nuestros desequilibrios coinciden.

 

Una de las cosas que más amo son los puentes, porque siempre me han parecido la perfección para acercar lugares, ideas; para comunicar un espacio con otro y, llevándolo a lo humano, para acercar a las personas. Esos puentes metafóricos son la comunicación adecuada y cuidada. Me encanta la sensación de mirarlos: esa mezcla entre fuerza y delicadeza, entre lo que sostiene y lo que puede quebrarse. Supongo que las relaciones son así: estructuras que dependen de ambas orillas, que requieren equilibrio, mantenimiento y la voluntad constante de no dejar que el viento las venza. 

 

Pienso en las personas que fungen como orillas, esas que logran sostener el puente aun cuando el viento arrecia. Es admirable, y profundamente humano, cuando alguien tiene la fortaleza de mantenerse firme, de resistir sin endurecerse, de seguir siendo sostén a pesar de todo. Suelen ser quienes se vuelven enseñanza de fortaleza para los demás. Porque mirar a alguien resistir sin perder la ternura nos recuerda que sí se puede; que incluso lo frágil puede sostenerse cuando hay amor, consciencia y ganas de construir. Hay algunos otros que se quedan del otro lado, mirando como se desploma todo, dolidos, cerrando o no el paso; los que reclaman y gritan y los que no lo hacen; los que sueltan del todo o quienes se quedan sujetando el cable cuando el otro se aleja, mostrando valor y confiando, quizás sin esperanza, de que el puente se mantenga de pie.


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