El respeto y sus visbirules.
Esta vez no compartiré una exposición de ocurrencias o cosas que nos hacen reír; quiero dedicar estás líneas a una reflexión que tiene que ver con el respeto y los exabruptos en situaciones estresantes. Cuando hablamos de respeto, solemos creer que todos entendemos lo mismo. Pero la realidad es que no siempre compartimos el mismo mapa. Para algunos, respetar es hablar con calma; para otros, es cumplir puntualmente lo que se acuerda. Están quienes lo entienden como cortesía en el trato, y quienes lo viven como cuidado del tiempo y la energía compartida.
En medio de esas miradas distintas surge la pregunta: ¿conviene siempre hablar de lo que sentimos y esperamos del otro?. La respuesta parece sencilla, pero no lo es. No siempre los demás están dispuestos a escuchar; no siempre nosotros estamos listos para decirlo sin enojo. Y ahí entra algo que todos compartimos: nuestros patrones de conducta.
Cada persona responde desde lo que le resulta más cómodo, desde lo que aprendió a lo largo de su vida o desde el interés inmediato que la mueve o los issues que esté trabajando en ese momento, lo que es cierto es que queremos sentirnos respetados según nuestras propias reglas y nuestro propio concepto.
El problema es que, muchas veces, esas “propias reglas” no son otra cosa que egoísmo disfrazado de respeto. Pedimos paciencia, flexibilidad o cuidado, pero rara vez invertimos el mismo tiempo en observar y reconocer cómo nuestras acciones afectan a los demás. Así nace la agresión pasiva: no es levantar la voz ni insultar, sino evadir responsabilidades, llegar tarde, cancelar sin aviso, delegar de más, exigir comprensión sin darla a cambio. Ese estilo suele presentarse bajo el ropaje de la víctima: “yo no funciono así, adáptate tú”.
Por eso, cuando hablamos de respeto, en el fondo hablamos también de límites. De decir: “esto necesito yo para no sentirme lastimado” y de preguntar: “¿qué necesitas tú?”. Si no lo hacemos, cada uno mide con su propia vara y es inevitable que tarde o temprano aparezca la sensación de abuso, indiferencia o agresión.
El respeto, entonces, no es solo un ideal abstracto. Es un ejercicio constante de negociación: reconocer que todos actuamos en parte desde nuestros intereses, que todos cargamos patrones aprendidos y que ninguno está libre de pedir más de lo que ofrece. Lo importante quizá no es aspirar a una definición única, sino atrevernos a mirarnos en ese espejo incómodo donde descubrimos que, así como exigimos respeto, también podemos estar faltándolo.
Porque al final, el respeto —con todas sus formas— no se trata solo de palabras bonitas, sino de la manera en que cuidamos lo que somos y lo que compartimos con los demás.


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